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La importancia de la Antártida argentina para la política exterior: historia, inercia y futuro.

  • Foto del escritor: Observatorio de Política Exterior Argentina
    Observatorio de Política Exterior Argentina
  • 11 jun
  • 7 min de lectura

*Por Mia Sinopoli


Al territorio argentino se lo puede caracterizar como insular, peninsular, bicontinental y bioceánico. Argentina reconoce a través de la ley 18.513 a una parte del continente antártico como parte de nuestro territorio integral, abarcando un triángulo delimitado por el paralelo 60° sur, el Polo Sur y los meridianos 25° y 74° oeste, porción que se superpone con las áreas reclamadas por Chile y el Reino Unido.

Desde una perspectiva geopolítica y de PE, Argentina ejerce soberanía efectiva sobre solo una parte de su territorio nacional reclamado: mientras la Antártida Argentina representa aproximadamente el 36% de dicha proyección territorial, otro 23% permanece bajo ocupación británica en el Atlántico Sur, siendo las Islas Malvinas un enclave estratégico central para la proyección de RU sobre el sector antártico argentino.


Ahora bien, resulta fundamental comprender la relevancia estratégica del continente antártico en el escenario internacional. La Antártida es el continente más alto del planeta y el cuarto en extensión territorial; aproximadamente el 98% de su superficie se encuentra cubierta de hielo. Su importancia trasciende lo geográfico: actúa como regulador clave de la temperatura global y alberga la mayor reserva de agua dulce del mundo, razón por la cual suele ser denominada el ‘aire acondicionado’ y la reserva hídrica del planeta.


En una época caracterizada por crisis climáticas y emergencias sanitarias, el valor geopolítico de la Antártida representa algo mucho más grande que tan solo disputas territoriales clásicas, volviéndose una contienda de espacios estratégicos y recursos críticos de alcance global.

Y mientras las potencias parecen haberse dado cuenta de esto, la Argentina enfrenta una contradicción: posee una de las trayectorias históricas más importantes del continente blanco, pero su política antártica parece haber perdido dirección estratégica.


Por ejemplo, China, que no cuenta con un reclamo de soberanía reconocido por el Tratado Antártico, mantiene actividad tecnológica y científica en el continente de manera sostenida. A principios de febrero del corriente año, Beijing encontró un lago subglacial en la zona del lago Qilin a través de la perforación con agua caliente, una técnica con acceso limpio, sin contaminación. Estos lagos subglaciales representan una oportunidad científica única, ya que son considerados laboratorios naturales para estudiar cambios ambientales antiguos, la evolución de posibles formas de vida en ambientes límite y el comportamiento de las capas de hielo frente al cambio climático.


Esto evidencia que el continente se está transformando en un espacio donde la legitimidad se construye a través de la vanguardia tecnológica, lo que coloca a la Argentina en una posición compleja: mientras potencias extrarregionales ganan terreno mediante la actividad científica sostenida, la posición nacional parece descansar en una estructura de derechos que, aunque sólida, requiere ser revalidada en el terreno operativo.


Ahora bien, para adentrarnos en la importancia de la Antártida para nuestro país, es importante remarcar que Argentina es uno de los Estados con más años de presencia ininterrumpida en el continente blanco, desde 1904, y es el que cuenta con la mayor cantidad de bases, 13 en total, de las cuales 7 son permanentes (operativas durante todo el año) y 6 son temporales (operativas solo durante la temporada de verano). Nuestro país tiene una política antártica histórica, pero hoy corre el riesgo de volverse meramente inercial frente a un escenario internacional cada vez más competitivo.


Los argumentos geopolíticos del reclamo tienen que ver con que Argentina es uno de los países más cercanos del continente, con tan solo 1000 km de distancia; además de poseer una continuidad geológica, es decir, una misma placa continental, y la Cordillera de los Andes que continúa en el mar hasta la Antártida, conectando ambos continentes. Debido a este último punto, es que Argentina y Chile comparten varias instancias de cooperación en materia antártica, reconociendo mutuamente los territorios reclamados no superpuestos desde 1953. Citando uno de los documentos más relevantes para la institucionalización antártica: (...) “En el plano interno, la actividad antártica comenzó a institucionalizarse en la década del 40, cuando por medio del Decreto N° 61.852/40, se creó la Comisión Nacional del Antártico bajo la órbita del Ministerio de Relaciones Exteriores, integrada por el ServicioMeteorológico y la Marina. Fue el primer órgano que se estableció con el fin de planificar la actividad antártica argentina (...).” (Página 109, Una Nación en el Mar).


Hasta este momento, Argentina había mantenido su presencia en el continente, pero sin desarrollar un plan integral que contemplara, en materia política, el denominado “continente blanco al americano” En 1951 se dio un paso fundamental al crearse el Instituto Antártico Argentino (IAA) a través del Decreto N.º 7338/51, lo que convirtió a nuestro país en el primero en contar con un instituto de estas características que se abocara específicamente a la investigación científica. El plan de Hernán Pujato, el propulsor de la política antártica argentina, consistía en ocupar de manera efectiva y permanente el territorio, costas adentro, en contraposición a las pretensiones de potencias extranjeras, consolidando el Sector Antártico Argentino. Se propuso poblar la Antártida, instalar bases (Base San Martín 1951; Base Esperanza 1952) y llevar a cabo expediciones para llegar a la parte profunda del continente. Este instituto fue el primero del mundo dedicado exclusivamente a la investigación científica antártica. A destacar:


(...)“Entre las principales responsabilidades del Instituto Antártico Argentino está la de aportar conocimientos y pruebas fundamentales y, en lo posible, irrefutables, para respaldar la posición de liderazgo en el entorno del tratado y de esta manera poder influir en las políticas y acuerdos internacionales para proteger, conservar y gestionar en forma sostenible todo el continente antártico y especialmente nuestro sector reclamado, haciendo

hincapié en las zonas de pesca del Atlántico Sur, los ecosistemas marinos y terrestres de la

región antártica y subantártica (...).” (Página 3, La diplomacia científica en la Antártida, un nuevo orden. Revista Iberoamericana de Derecho, Cultura y Ambiente. Edición Nº 5 – Julio 2024. Edgar F. Calandín)


Sin embargo, muchos de estos avances fueron descartados por la autodenominada Revolución Libertadora, ejecutora del golpe de Estado de 1955.


Años más tarde, con Frondizi en la presidencia, se firma el Tratado Antártico en 1959. Entrado en vigor en 1961, este tratado consagra a la Antártida (al sur de los 60° S) como una reserva natural de paz y ciencia, y prohíbe actividades militares, nucleares y de explotación minera, promoviendo la libertad de investigación científica y cooperación internacional. El Art. 4 establece que el tratado no anula los reclamos de soberanía, sino que los congela; esto significa que no se pueden aportar nuevas pruebas de soberanía, sino que esta se va probando a medida que se efectúan acciones de soberanía. Además de los signatarios originales, la participación en la toma de decisiones está limitada a los países que demuestren interés en la Antártida “mediante la realización en ella de investigaciones científicas importantes”.


Gráfico extraído del libro “Una Nación en el Mar”


Desde la firma del Tratado Antártico hasta la última década del siglo XX, la presencia científica argentina en la Antártida logró una importante expansión gracias a la instalación de nuevas bases, entre ellas la Base Vicecomodoro Marambio en 1969, que con su pista de aterrizaje sobre permafrost permite un continuo puente aéreo intercontinental, rompiendo el aislamiento del continente durante el invierno. Por otro lado, se destaca también la incorporación del rompehielos ARA Alte. Irízar en 1978, el más grande del Sur Global, que funcionó como hospital en la guerra de Malvinas. A su vez, en este último, durante enero de 1978, tuvo lugar el primer nacimiento de un ser humano en la Antártida continental, al que le seguirían siete más en los próximos años.


La importancia de seguir apostando al desarrollo en el continente blanco como parte de la agenda de PEA radica en que, en un contexto cada vez más competitivo, el conocimiento sobre el funcionamiento de nuestro planeta volverá a convertirse en una herramienta de poder con valor estratégico. A partir del año 2048, cualquiera de las partes consultivas del tratado podrá solicitar la revisión de este y todo su sistema normativo, con la aprobación por mayoría relativa. Esto demuestra que las potencias continúan concentrando las principales capacidades de influencia y decisión en el sistema internacional. En este contexto, la Argentina debe fortalecer su capacidad de inserción estratégica para estar a la altura de los desafíos globales.


En consonancia, la construcción de los laboratorios multidisciplinarios en las bases Orcadas, Esperanza y San Martín durante la campaña 2023 por el Comando Conjunto Antártico y el Ministerio de Ciencia y Tecnología es el ejemplo de un esfuerzo trascendental

para seguir apostando a la política antártica. Sin embargo, a la fecha no tiene equipamiento de laboratorio ni hay científicos trabajando con proyectos trascendentales. Esto se debe a una multiplicidad de motivos: falta de presupuesto, problemas logísticos a la hora de llevar equipamiento sensible y, a su vez, falta de planificación integral.


Durante las últimas décadas, la política antártica argentina ha evidenciado una creciente tendencia hacia la administración de la presencia antes que hacia una estrategia integral de proyección soberana y posicionamiento internacional. Aunque nuestro país continúa sosteniendo campañas anuales, bases permanentes y actividad científica en el continente, gran parte de estos esfuerzos responden a una lógica de mantenimiento operativo más que a una política de expansión de capacidades científicas, tecnológicas y diplomáticas.


Las restricciones presupuestarias que afectan a bases estratégicas, junto con las dificultades de coordinación institucional en la conducción del programa antártico, reflejan una problemática estructural de mayor profundidad: la persistencia territorial, por sí sola, no garantiza influencia geopolítica. En el marco del Sistema del Tratado Antártico, el peso relativo de los Estados se encuentra cada vez más determinado por su capacidad de producir conocimiento científico, desarrollar infraestructura avanzada y consolidar liderazgo en la gobernanza del continente (Leonardelli, 2021).


En este escenario, limitar la política antártica a la preservación de capacidades existentes podría debilitar progresivamente la posición argentina frente a actores que avanzan sostenidamente en materia científica, logística y tecnológica sobre el espacio antártico. Resulta entonces vital para un país que sostiene un reclamo soberano sobre una porción del continente blanco conocer nuestro territorio y demostrar que ese triángulo de la Antártida conocido como el “Sector Antártico Argentino” posee íntimas conexiones con el resto de nuestro territorio nacional en Sudamérica, siendo esto una forma de validar nuestras pretensiones soberanas.


La Antártida argentina tiene historia; lo que hoy empieza a ponerse en duda es si también cuenta con un futuro que pueda estar a la altura de ese legado.


Referencias

Leonardelli, G. (2021). “La Política Antártica Argentina en pandemia”. Columna del Observatorio de Política Exterior Argentina.

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