• Observatorio de Política Exterior Argentina

El segundo año

Por Gustavo Insaurralde


Si tuviéramos que sopesar la actuación internacional del segundo año de la administración Macri, tendríamos que seguir unas cuantas premisas a la hora de compararla con su primer año de actuación. El nivel de acercamiento con los grandes actores de la escena internacional, las temáticas de agenda que más resaltaron, los actores involucrados y el proceso de toma de decisiones podrían funcionar como tales. Con respecto al nivel de acercamiento con los grandes actores internacionales, si nos abocamos a un análisis desde una perspectiva estrictamente localista, es decir, determinada por las limitaciones estructurales y simbólicas de la posición geográfica argentina, podemos incluir a tres grandes grupos: la esfera regional, Estados Unidos, Europa, Australia y China -las “grandes potencias para simplificar”- y los otros países del globo. La agenda política a nivel regional siguió el curso estructural que las cancillerías latinoamericanas han llevado a cabo de forma posterior a la caída de los gobiernos nacional-populares de principio de la década. Como se ha venido mencionando en repetidas columnas, los agentes sudamericanos parecen estar inmersos en dinámicas centrífugas que valorizan la relación con socios extrarregionales. Esto no es un fenómeno nuevo a nivel regional: a pesar de que existían dinámicas centrífugas, especialmente en la agenda económica de los países de la Comunidad Andina, existían espacios de gobernabilidad que sustentaban la formalización de mecanismos de diálogo y creación de agenda mutua como UNASUR. A la falta de un actor fuerte que incentive canales de diálogo y sin alternativas aparentes interesadas en seguir su labor, cada vez más estados sudamericanos comenzaron a articular su estrategia económica de inserción internacional con su estrategia de inserción política. Argentina, con la administración Macri, fortaleció esa dinámica y arrastró con ella bloques supranacionales como el Mercosur. Aunque lejos de establecer una correlación, no parece casual que la disminución de la articulación política regional haya representado un fortalecimiento de la agenda económica exterior (liberalización del mercado, profundización de la inserción económica primarizada) y cuyo instrumento incluye la utilización de mecanismos de negociación multilaterales (la negociación con la UE sobre el Tratado de Libre Comercio y el hecho de que Buenos Aires sea sede del Encuentor de la OMC la semana que viene) o mecanismos bilaterales en materia comercial, especialmente en actores que propulsan este tipo de diálogo como Estados Unidos, más aún cuando existen temas candentes como el biodiesel. Podemos observar, a muy grandes rasgos, que la agenda macro con estos actores globales, indica un acercamiento con este tipo de agenda y establece el elemento característico de la política exterior de esta administración, es decir, la solidificación de las relaciones en base a una articulación económica. El hecho de que Argentina sea sede de la OMC o de la Cumbre del G20 el año que viene provee una oportunidad de definición de esa solidificación: o el país se inscribe como un actor periférico que aprovecha la oportunidad para insistir en la reestructuración económica doméstica, fortaleciendo la imagen del doble juego en política exterior, o participa de manera fehaciente en la construcción de la agenda de gobernabilidad económica global. Este último factor no solo dependerá de la voluntad gubernamental, más también de las opciones que pueda proveer el foro. Estos devaneos no modifican los equilibrios internos o los dispositivos de interpelación sectorial. Aunque este año pasamos por un cambio de gabinete y fuertes cambios internos en el organigrama local de Cancillería, el sistema de toma de decisiones y la interpelación sectorial se mantuvo sin modificaciones estructurales importantes. De esta manera, a dos años del comienzo de la era Cambiemos, la agenda económica obtuvo primacía sobre otras agendas. A pesar de ello, el equilibrio interno o el sistema de toma de decisiones no fue modificado de sobremanera; de hecho, continúa funcionando de tal manera. Esta primacía no solo surge de la voluntad de los propios decisores argentinos sino también sobre profundos cambios en la arena regional e internacional.

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