• Observatorio de Política Exterior Argentina

Argentina en la Cumbre de Panamá

Por Gustavo Insaurralde



Entre el 10 y 15 de julio se celebró en la ciudad de Panamá la VII Cumbre de las Américas. El objetivo de estas reuniones es promover el diálogo político entre sus miembros y servir de espacio para el encuentro de alto nivel entre los diferentes jefes de estado del hemisferio. Una de las notas sobresalientes de la VII Cumbre fue la presencia de Cuba, cuya representación estuvo a cargo del presidente Raúl Castro. Esta presencia es el resultado de un paulatino acercamiento entre Estados Unidos y el país caribeño.

Aunque la Cumbre no logró ningún tipo de anuncio o debate resonante, ni se han barajado cambios sustanciales en las relaciones entre Estados Unidos y sus vecinos del centro, sur y norte de América, lo cierto es que fue una estrategia diplomática para mostrar la otra cara de Estados Unidos en la región. El acercamiento a Cuba es un indicio de los cambios que la administración Obama intenta pergeñar con la región, especialmente en vista al creciente predominio de China por estas latitudes.

La Cumbre se caracterizó por una multiplicidad de temas. Colombia describió el proceso de pacificación y negociación con las FARC y aprovechó el espacio para solicitar mayor apoyo de sus socios regionales. México se ofreció como garante entre el proceso de revitalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. Nicolás Maduro, en representación de Venezuela, discutió la promoción de su país como amenaza a la seguridad de los Estados Unidos. Este discurso fue apoyado por varios jefes de estados, entre los cuales se incluyen a los líderes de Bolivia, Ecuador, Argentina y Cuba.

En el caso argentino, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner mostró su alegría por la reincorporación de Cuba al sistema de cumbres, así como expuso su admiración hacia el pueblo cubano que “luchó por más de 60 años con una dignidad sin precedentes (…) que sufrió y sufre aún muchísimas penurias, y (…) fue conducido y dirigido por líderes que no traicionaron su lucha, sino que fueron parte de ella”1. Fernández, también, congratuló al gobierno colombiano por el proceso de negociación con las FARC y haciendo referencia a estas negociaciones, hizo mención al narcotráfico, proclamando que la solución no podría recaer en los países productores, sino en los Estados consumidores y los paraísos fiscales donde se realiza el lavado de dinero que los financia.

Posteriormente, el discurso argentino tornó hacia la denominación de Venezuela como amenaza para los Estados Unidos, que Fernández remarcó como inverosímil. Cuando hizo alusión a este tema comparó esta situación con la Argentina, en su histórico reclamo por las Islas Malvinas y en los desfasajes en términos económicos y militares entre los dos Estados contendientes en la Guerra de 1982. El discurso viró hacia una posición más contestataria cuando mencionó la noción de “golpe blando”, término acuñado para denominar a intentos desestabilizadores en la región, pergeñados por organizaciones que “nunca se sabe de dónde se financian”.

Comparado con la Política Exterior Argentina durante la década del noventa, las tensiones con Estados Unidos parecieran una novedad, sin embargo, estas tensiones han caracterizado a la PEA desde la conformación del Estado, tal como afirma Puig (1984) en su concepto de tendencias profundas. Este hecho es notable en la conformación de instituciones internacionales hemisféricas, con las cuales la Argentina ha combatido desde sus primeros inicios.

Después de la delimitación de las fronteras nacionales estadounidenses, fruto de la Guerra entre Estados Unidos y México, este país proclamó la Doctrina Monroe cuya proclama “América para los americanos” denotaba su intensa vocación hegemónica en la región. Para lograr este acometido, Estados Unidos utilizaría instituciones internacionales, que luego denominaría “panamericanas”, para procurar un aumento del comercio con América Latina y servir de primus inter pares entre estos Estados. De esta forma, Estados Unidos tendría la capacidad de servir como árbitro entre disputas intrarregionales. Esta vocación fue acompañada con una lucha subterránea por la hegemonía con Inglaterra y la utilización de la política de las intervenciones para salvaguardar los intereses y los bienes de ciudadanos norteamericanos, especialmente en países del centro de América. Con miras a lograr ese objetivo, en 1889-1890 se estableció la Primera Conferencia Internacional Panamericana, cuyo objetivo primordial era institucionalizar un organismo donde conjugaran todos los vecinos hemisféricos, bajo la égida de Estados Unidos.

Argentina, en el marco de su inserción primaria exportadora, boicoteó los intentos de institucionalizar estos organismos. El caballo de Troya del panamericanismo se hacía presente en una unión aduanera que resultaba contraria a los intereses estratégicos argentinos, especialmente porque su estructura productiva era sumamente dependiente de su relación con Inglaterra. En la frase del presidente de la delegación argentina, Roque Sáenz Peña se resumió la vocación internacional “atlántica”, más vinculada con Europa, de la que Argentina hacía gala: “Sea América para la humanidad”.

El “América para la Humanidad” argentino no fue otra cosa que una barrera simbólica a los intentos hegemónicos de Estados Unidos en la región. Como consecuencia, ya sea en una inserción atlántica, la de la generación del 80, latinoamericanista/sudamericanista, con Perón, Alfonsín y el tándem Kirchner-Fernández de Kirchner, o una inserción con las potencias emergentes, Argentina parece ser tradicionalmente renuente a la hegemonía norteamericana. Sin embargo, esto es más visible cuando Argentina logra mayores márgenes de autonomía gracias a los beneficios, económicos en gran parte, que el tipo de inserción le cede a su estrategia internacional. Esto también explicaría la diversidad de matices en otros períodos como, por ejemplo, durante los sucesivos gobiernos militares post-peronistas o la llegada del neoliberalismo y el fin de la Guerra Fría, en donde la política exterior argentina se basó en las “relaciones carnales” con la potencia del norte.

Es por ello que no es sorprendente el tono de los discursos de la presidenta argentina hacia el gobierno de Estados Unidos, en general, y a la administración Obama, en particular, a pesar de que están mostrando sendas señales de cambio en la relación con la región. Fernández se hizo eco de la frase de Sáenz Peña, Que América sea para la humanidad, haciendo actual un dogma que la política exterior argentina ha llevado a cabo, con diversos matices, en toda su historia.

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